Salto al vacío

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Salto base, salto adelante, salto al vacío, salto de fe. Quizá no hay más definiciones para los actos obligados por la determinación. Pero, ¿es la determinación un engaño, una quimera, un lugar común del que es imposible deshacerse por mucho que intente hundir los pies en el suelo?

La literatura es una putada. El escritor está jodido desde que pone la primera palabra de ese relato, novela, obrita corta, poema retriste y dolido. Porque cada paso es un tropezón, aunque a veces se confunda con un salto, las zancadillas con empujones, el mundo que observa con un muro impertérrito a los esfuerzos y desvelos de la soledad autoimpuesta. Son las cadenas de la comidilla inconsciente, la fe que cuesta perder, el vano intento de ser lo que el ego dicta, lo que uno desea, aunque sea imposible. La meta no se alcanza en vida, eso es lo único cierto. Por mucho que uno lo intente, no hay otra meta que sentirse satisfecho al final del día, cuando uno apaga el procesador de texto y siente que podría hacerlo mejor, que muchos otros lo hacen mejor.

Por eso es que el escritor se lanza al vacío una vez más. He puesto mucha fe en mi próxima novela. Mucha fe de la vieja, de la que uno lleva tatuada sobre las cicatrices y los desengaños; la clase de consejo que uno no daría a otro que no fuese enemigo; el tropiezo establecido por decreto; la valentía que obliga a sacar pecho -un pecho desplumado, huesudo, roto y mal curado- una vez más y lanzarse a la batalla.

Hay que vivir de las letras o vivir con ellas a cuestas. Es algo inevitable.

Por eso, a partir de mañana, salto al vacío y abandono mi trabajo remunerado en pos de un tesoro bajo mi teclado. Buscaré bajo la X.

Vivir de los royaltis de mis obras resulta un espejismo que deja sediento incluso al anacoreta más pintado, y yo, desde hace años, vivo pintando en las paredes de cuevas las sombras de mis sueños, las pesadillas que hechas palabras aparecen en mis libros.
Llegará el futuro. Llegará. Y como dijo Pavese, "vendrá la muerte y tendrá tu rostro". Siempre me gustó ese poema. Tal vez porque cuanto más escribo más desnudo la verdad de la literatura, la verdad de la mentira.

No hay otra meta que no sea esta. Aquí y ahora.

To Amazon or not to Amazon

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To Amazon or not to Amazon

Ya hacía algún tiempo que me debía este artículo. Quizá parezca oportunista, despechado, interesado o ves a saber cuántas cosas más se pueden decir de alguien que se apunta al tema del momento. ¿Es el tema del momento? ¿Lo es? Bueno, si es así. ¿Por qué es la comidilla o el desvelo de unos y otros? Esta profesión tan fácil, a veces, parece otra cosa, parece un castigo por los errores de otros. Pero voy a ir por partes y comenzaré por el principio, si lo encuentro, tirando del hilo de mi maltrecha memoria.

Todo comenzó, supongo, el día en que alguien, cansado de que las editoriales le rechazasen su manuscrito, decidió publicarlo en Amazon. Para sorpresa de todos —excepto el interesado el libro consiguió miles de descargas. A partir de ese momento ocurrió algo muy curioso, unas palabras que suelen sobrevolar las excusas de la mayoría de aquellos que se ponen frente a un teclado; alguien dijo: era un tesoro por descubrir, un best seller en la sombra, un genio de las letras que las editoriales pasaron por alto. Lo peor fue que alguien lo creyó.

Amazon es una plataforma cojonuda, de hecho, creo que es el futuro de la literatura. Así es, una magnífica conexión directa entre lector y escritor. Pero no nos engañemos, no es la panacea, ni uno se convierte en un genio porque unas miles de personas se descargasen su libro por ochenta céntimos.

La pregunta se hace inevitable: ¿cómo pueden estar equivocadas miles de personas? La falsa perspectiva de nuestra deficiente sociedad democrática nos ha convertido en esclavos de las cifras. Deberíamos diferenciar entre los gustos de la mayoría —o una buena parte de ellos— y el juicioso saber en lo literario o en cualquier otra expresión artística. Si esto fuese así, las mejores películas serían las de Will Smith y el mejor programa de televisión el Sálvame. Pero claro, resulta más fácil decir que El Hormiguero es sólo un programa para pasar el rato aunque lo vean milllones de personas, que aceptar que tu libro, rechazado por treinta editoriales y que ahora ha conseguido tropocientasmil descargas, es muy deficiente en muchos aspectos. La complacencia es el peor enemigo de los escritores.

Es más sencillo mirar adentro y alimentar el orgullo, que utilizar ese empujón para crecer en lo literario. Y es que se podría crecer y ser mejor escritor, conseguir que esos manuscritos que no pasaron el corte editorial lo hagan ahora. Aprender a escribir es cosa de cada día. No existe un diploma, un título que diga: ya eres escritor, firmado: Amazon.

Sin embargo, y para acabar de liar el bochinche, llegan las editoriales y, como toda buena empresa, se dedica a tentar cual Fausto a los top Sellers de Amazon. Este último movimiento estratégico resulta cristalino, casi catártico. Las editoriales se rinden a su error: dejaron pasar a un gran escritor y ahora recapacitan. ¡No! Las editoriales, señoras y señores, se rinden ante las ventas. Todo lo otro son excusas, para quien quiera creerlas.
Para acabar con el cuento, resulta que los otros escritores, entre los que me incluyo, nos encontramos en una trinchera en plena batalla. Esa es la situación. Las balas silban sobre nuestras cabezas. Lo crean o no es muy fácil acabar con la carrera de un escritor y muchas puertas se cierran de la noche a la mañana. Hay que tener tiento y dar pasos cortos, observar al resto de la compañía y esperar. Ya hay suficiente riesgo con la que nos está cayendo encima. ¿Quién se asomará primero a la trinchera y emprenderá el asalto? ¿Quién perderá la tapa de los sesos en el fuego cruzado? Me gustaría ver uno de los héroes, de los grandes escritores, ponerse en pie. Stephen King lo hizo; lo hizo y fracasó. El mundillo editorial no es tan sencillo como revisar las listas de los más vendidos en Amazon. Algunos queremos ganarnos la vida con esto, labrarnos un camino. Y para labrar hace falta un tractor, no un Ferrari. Desconfiad del éxito, sed humildes.

Por otra parte, y para finalizar, quiero destacar que cualquier persona que se ponga delante de un teclado durante semanas y saque adelante una novela tiene todo mi respeto. Pero ¿de veras quieres venderla por ochenta céntimos? ¿Algo menos de lo que vale un Donut glaseado? Yo no puedo vender mi novela por un euro; puedo regalarla cuando me venga en gana, puedo incitar a los chavales jóvenes a que la roben de los centros comerciales si no pueden pagarla, que la presten a todos sus amigos. Que la lean, o lo intenten, no me importa. Pero, ¿ochenta céntimos? ¿Es una broma?

Entrevista en el blog Mesándome las barbas.

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Aquí os dejo una extensa entrevista en que respondí una buena batería de preguntas. Literatura y todo lo otro.
A veces parece que escurro el bulto, pero es que soy un tipo escurridizo.
Espero que os guste.

Pincha en la imagen para leer la entrevista


Llega Ilusionaria 2. El arte por una causa justa.

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En breve saldrá a la venta Ilusionaria 2, una antología que recoge un gran elenco de escritores patrios y dibujantes por una causa justa y justificada. No lo dejéis pasar, sienta bien por dentro y por fuera.






El proyecto Ilusionaria sigue su camino; si con el primer libro de cuentos su función era ayudar a la asociación Matrioska Fons Mellaria para traer niños bielorrusos afectados por la catástrofe de Chernóbil a nuestro país para su descontaminación, en esta segundo volumen el dinero recaudado irá íntegro para una causa igualmente noble: ayudar a Abraham Presa Alba. Hace casi año y medio que la familia de Abraham sufre una agonía a causa de que al pequeño, de seis años, se le diagnosticó Adrenoleucodistrofia (www.unmilagroparaabraham.com). La única manera de ayudarle es con una operación muy costosa de médula irrealizable en Europa, por lo que el niño debe ser operado en Estados Unidos. Estos gastos son inalcanzables para cualquier familia media.
Juan de Dios Garduño vuelve a coordinar de nuevo el proyecto, en esta ocasión al frente de otros veintidós grandes ilustradores y veintidós impresionantes escritores, algunos de afamado prestigio, como el periodista y escritor Juan Gómez Jurado.
El listado completo junto con sus biografías se puede visitar aquí: http://ilusionaria2.blogspot.com/ , blog creado para la difusión, información sobre pedidos, presentaciones, etc., del libro.
La fecha de publicación está prevista para Junio de 2012. Desde Ilusionaria queremos cumplir otro sueño más. Entre todos podemos conseguir que Abraham tenga un poquito más cerca ese trasplante y hacer feliz a una familia que ya ha pasado por demasiadas penurias. Esto es ilusión, esto es Ilusionaria.

Carambola de reseñas.

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En las últimas semanas han aparecido dos reseñas, una por cada una de las partes publicadas por el momento de la saga Leyenda de una era.


Halagos vehementes sobre La guerra por el norte se escuchan en el blog literario Mesándome las barbas.


"¡Venid hermanos, lectores de fantasía! Acercaos a mí y dejadme presentaros una historia que marcará un antes y un después."



Y por otra parte, una excelente reseña que se deleita con los personajes y las tramas de su continuación, Dueños del destino. En esta ocasión a cargo del blog Trazos en el bloc.

La Guerra por el norte” es de lo mejor de la fantasía épica española pero es que “Dueños del destino” es mejor. Me explico. En las primeras partes el autor pone todo su saber, su arte, su ilusión y corazón en un proyecto novel que no sabe cómo será acogido. En las segundas partes ya sabe este resultado y puede relajarse y escribir, más o menos bien, esperando el desenlace de la historia, o bien intentar mejorar esa obra, escribir mejor, desarrollar la historia, seguir desenvolviendo la trama, cuidar los personajes, en definitiva, dar mayor profundidad y creatividad a la historia: eso precisamente ha hecho Guillem 



Y esto es todo por hoy. Agradecer a los blogueros sus palabras y el tiempo dedicado a mis novelas. Siento ser tan breve. Espero traer más noticias en breve.



El Titanic navega de nuevo.

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El centenario del hundimiento del Titanic me viene de perlas para retomar este nuestro blog. La verdad es que en los últimos meses lo había abandonado al ostracismo literario. Así que regreso, sin fuerzas renovadas, sin entusiasmo nuevo, sin un mensaje esclarecedor, sin una verdad ontológica, sin nada más que las letras, puestas una tras otra.

A tiempo pasado es fácil analizar lo ocurrido, tomar las huellas del crimen, hacerse una idea de los errores y las faltas, los aciertos con que uno desmenuza la tierra en que sembrará el futuro. En estos meses pasado me centré en dos cosas: no morir, espiritualmente hablando, y acabar mi próxima novela.

Respecto a la muerte, qué puedo decir si ya lo dijo todo Pavese. Repasen las entradas anteriores si quieren hacerse una idea de cómo me siento cuando el trabajo remunerado interfiere en mis labores literarias. El viaje de Frodo hacia los fuegos eternos de Mordor no es nada comparado con mi estado de ánimo cuando suena el despertador. Sí, lo sé, soy un exagerado, pero no me canso de repetir, ¿qué importa la realidad cuando los sentimientos sobre la percepción de la realidad son los que determinan nuestro día a día? Así que, esa era la muerte espiritual, la física es más silenciosa y, sobretodo, paciente.

Mi próxima novela. Desde hace años, una idea recurrente revoloteaba en torno a mis desvelos. Yo quería escribir una historia dentro de una historia, de hecho, quería escribir muchas historias que coincidiesen en el tiempo con un gran suceso popular. Me atraía la épica de los hechos históricos que, debido a su repercusión, imprimen su huella en el imaginario colectivo. Y desde niño, tenía claro cuál sería la chispa que encendería esta fogata. Resulta algo de los más incómodo, llevar a cuestas la necesidad de escribir un libro. Digamos que esta novela germinó incluso antes de saber que era escritor.

Sin embargo, había que dar cuerpo y fondo a la idea, qué digo, a la intuición que debería convertirse en idea. A veces uno se devana los sesos, recreando una historia, buscando tramas y argumentos, arquetipos, y luego resulta que la ficción estaba ahí, esperando agazapada. Son las historias las que nos eligen a nosotros, después hay que estar a la altura y ser una buena pareja de baile. Así que me puse a divagar sobre lo que merecía mi novela.

Más madera, es la guerra...

Personalmente creo que la novela es la mayor y más perfecta expresión artística. En sus páginas, el autor trata de atrapar la realidad, con todas sus consecuencias. Encerrar, entre cubiertas encuadernadas, una porción del mundo. Y con ese pensamiento me puse a diseñar los planos que debían poner la arquitectura y después la fachada de tal obra. ¿Qué es la realidad? ¿Acaso no es cierto que lo real son infinitos puntos de vista que puestos de acuerdo forman un puzzle incomprensible? Lo real escapa no sólo del entendimiento humano, sino también de su ángulo de visión. Lo real es tan subjetivo que no existe.

Con este planteamiento me demostré, por si no lo tenía claro a estas alturas, que lo fantástico y lo real son, exactamente, la misma cosa. La pregunta, ¿qué es lo real? me empujaba a infinitas posibilidades en lo literario. Escribiré una novela en que lo real y lo fantástico compartan el espacio y el tiempo, me dije. Y además, la estructuraré de la misma forma en que la realidad se estructura: fragmentada, rota, parcial.

Unos cuantos meses después, algunos más de los esperados; con las lágrimas y el sudor y la sangre y el miedo al fallo, por dentro; he escrito el libro que me persiguió de la mano de mi sombra. ¿Qué puede ocurrir ahora? Eso no lo sabe nadie. Después de la siembra, llega la espera. Así que me sentaré con los pies en alto mientras espero que mi huerto germine.

Actualizando.

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Tengo el blog abandonado, hecho un desastre, el polvo se amontona en los rincones y se me oxidan los artículos que dejé bajo las goteras. Hay que ser sincero. Confieso que ando liado con mi próxima novela y se me escapa el tiempo por el desagüe de las obligaciones cotidianas. Sin embargo me encuentro satisfecho, mucho, pues el esfuerzo vale la pena y el fruto promete ser de lo más dulce.
En espera de otras noticias os adelanto:


Reseña de Dueños del destino en la página Ociozero:




"conforme pasan las páginas el libro va cogiendo más fuerza, el ritmo aumenta y cada vez cuesta más despegarse de la novela"


Otra reseña de La guerra por el norte en Un mar de páginas:




"Una aventura épica trepidante, repleta de acción e intriga, que ansiarás revelar a todo el mundo."

Suficiente autobombo. Ahora un autor valenciano que publica su primera novela en la editorial Paimés. Javier Pellicer nos presenta El espíritu del lince, una aventura en tierras valencianas durante la segunda guerra púnica. No lo dejéis escapar.



"Desde el momento de su nacimiento, Icorbeles es marcado por los dioses como el Elegido. Con esta idea en mente, sus padres comienzan a prepararlo para que se convierta en el líder que unifique todas las tribus de Iberia. 
Ese destino lo separa de todos excepto de Alorco y Nistan, dos niños cartagineses que, ante las derrotas sufridas por Cartago frente a Roma, buscan refugio en Iberia. Esa amistad le hace conocer no solo el amor, sino también los planes de conquista de Amílcar Barca, que desea anexionarse las tierras íberas con el fin de seguir plantando cara a los romanos.
Es entonces cuando intenta hacer realidad los presagios anunciados en el momento de su venida al mundo, pero tropieza con los miedos y rencores de las diferentes tribus íberas, que impiden que puedan unirse contra un enemigo común. Aun así, utilizando el ingenio y el valor, Icorbeles está a punto en varias ocasiones de poner fin a un conflicto que amenaza con hacer desaparecer para siempre el mundo que conoce.
Pero los designios de los dioses son esquivos, y no siempre somos capaces de comprender sus mensajes…
Con su primera novela, Javier Pellicer nos sumerge en un momento apasionante de la Historia: la llegada a la península ibérica de los ejércitos cartagineses al mando de Amílcar Barca y su famoso hijo, Aníbal, tejiendo un relato de pasiones y luchas sin cuartel, que desemboca en un final sorprendente."



Pronto, ¡más noticias!

Internet os hará libres.

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A veces pienso que nada tiene sentido. No es por ponerme postpunk nihilista, lo mío es mucho más positivo y, sobretodo, creativo. Es porque en el ring de las cavilaciones matinales —las que uno utiliza para evadirse del trabajo monótono y sentir que no está allí, que no lo hace por dinero, por tan poco— lo relativo resulta un oponente cojonudo. Y es que, mientras el minutero recorre su dubitativo paso sin prisa, uno piensa muchas cosas. Piensa en novias que regresan de lo pretérito, en facturas y recibos, en personalidades ególatras, en novelas posibles y relatos abandonados, en el futuro de una sociedad que se va a la mierda en el tobogán de lo económico. Aunque, como digo, lo relativo aparece y, con un imposible juego de pies, nos pone patas arriba toda razón; sin esperarlo, uno acaba en el suelo y se pregunta: ¿por qué me habré levantado esta mañana?

Toda esta perorata sobre recibos y relativismos viene a cuento de dos cosas que ilustran, si es eso posible en alguna medida, lo que las conexiones neuronales de mi cerebro provocan en ocasiones.
En primer lugar. Telenoticias de La Sexta. Por enésima vez se nos advierte de la ola de frío que se nos viene encima. Entrevistan a lo que suponemos son seres humanos embutidos en abrigos, gorros, bufandas, guantes y vuelta a empezar. La pregunta es necesaria. Hace un frío del carajo. Una de las entrevistadas es una guapa joven que despliega una amplia sonrisa que ilumina todo.

—¿Frío? —dice—. Bueno… yo es que me crié en Siberia, así que… tampoco hace tanto frío…

En segundo lugar. Documental sobre la geología del planeta Tierra en La 2. Muestran con imágenes digitales —cuya calidad no entraré a juzgar— lo que será el planeta tierra dentro de cien mil años. Ya no hay seres humanos y sus huellas apenas son fósiles que casualmente se encuentran en el fondo de nuevos océanos, en lo alto de nuevas montañas. Los continentes han cambiado; África y Europa se han unido; ha sobrevenido una nueva glaciación; no hay ciencia ficción especulativa, sólo datos.

Así es que me encuentro yo doblando el lomo, con las manos entumecidas por el frío matutino, las rodillas encogidas, los riñones rotos, el apetito extraviado, la imaginación por montera… trabajando en un trabajo como el de la mayoría de la población occidental, remunerado. Y me digo, es un decir, de forma ceremoniosa, casi trascendental: Ahí está la relación entre la chica hermosa que no tiene frío y el planeta dentro de cien mil años.

Un lunes cualquiera.
Hay dos cosas que sirven de alimento a la sabiduría y de veneno para la megalomanía a la que nos hemos acostumbrado los seres humanos. Y es que, para empezar, todo es relativo, especialmente el frío y todo lo demás cuando lo comparamos con el planeta en que vivimos. Si los conflictos entre pueblos, la guerra y la economía global pierden mucha de su importancia, los problemas del día a día, las reuniones de vecinos, el trabajo lo haya o no—, las discusiones y el tráfico en la circunvalación resultan, como poco, ridículas. Mientras que, por otra parte, todo pasa. Nosotros, nuestros seres queridos, todo lo que conocimos alguna vez, todo lo que creamos y creímos desaparecerá consumido por el tiempo.

Quizá he sufrido un ataque de jipismo o de espiritualidad new age, pero lo cierto es que comienzo a estar cansado de tanto estulto encorbatado que legisla nuestro futuro a base de latigazos neoliberales. ¿Para esto bajamos del árbol? La evolución, gracias a la sociedad que sufrimos, es, cuanto menos, decepcionante. La moral continúa guiando nuestra vida, o guiando la de aquellos que nos gobiernan. No se busca lo mejor sino lo que a mí me parece mejor, lo cual resulta bastante limitado.
Después me vence el desánimo y me siento entristecer un poco, no mucho, sólo lo acostumbrado. Es una especie tan temprana, tan inmadura. Para aliviar mi sufrimiento empático me da por imaginar un salvador, un mesías que dará a la gente la ansiada libertad. ¿Es el nuevo salvador la tecnología, los avances y las comodidades que el mercado guarda para unos pocos? ¿Es posible que exista en el mundo lo que nosotros deseamos que exista? ¿Se puede detener el hombre y pensar, sin prejuicios, en la posibilidad de mejorar, de ser mejores? Sin embargo, habrá que luchar para conseguir ese nuevo estatus de ser pensante, además de sensible. La pregunta que me viene a la mente, ausente a las labores cotidianas, a lo aburrido de ser uno más de millones, es: ¿existe vida inteligente en La Tierra?

Me gustaría pensar que todo es fruto de un error, una broma pesada, pero no es así. El mundo está enfermo, intoxicado de seres humanos que no sabe cómo sacarse de encima. Aunque todo llegará. Tal vez algún día desaparezcan las barreras separadoras y se conviertan en puentes. Quizá cuando comprendamos que el frío es relativo, que en el futuro todos los continentes se unirán en una segunda Pangea, que nuestro planeta es diminuto y nuestro tiempo ínfimo además de limitado. Mientras tanto, el Homo Habilis se asoma a la entrada de la cueva y observa el mundo que conoce, con respeto, pero sobretodo con terror ignoto.






Si la montaña se te viene encima, es culpa de la fe.

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El movimiento escéptico sale a la palestra para defender las buenas costumbres de la ciencia y enfrentarse a agoreros y falsos profetas de la adivinación y la superchería. Afortunadamente, en los tiempos que corren, siempre hay alguien dispuesto a salvarnos de la ignorancia, de la estupidez congénita o de las llamas eternas. El movimiento, que no gusta llamarse movimiento aunque se mueve, recoge firmas y planta cara a las reuniones de pseudocientíficos, charlas sobre homeopatía, psicomagia, chamanismo, videncia y demás palabrejas que caben en el cajón desastre de los pobres crédulos supersticiosos. Y es que los pseudocientíficos —disculpad que utilice tanto esta palabra, pero es que me resulta especialmente grotesca y malsonante— se habían colado en las universidades, dando por válidos muchos de sus no-validados planteamientos y consiguiendo créditos de libre configuración en asignaturas tales como: radiestesia o constelaciones familiares.

Antes de pasar a la polémica, debo decir que mal están las cosas si los científicos deben defenderse ante el intrusismo profesional de hechiceros y demás cantamañanas. Especialmente en un país cuyos ministros juran su cargo sobre un libro sagrado bajo el crucifijo en que fue sacrificado el hijo de Dios, el único y verdadero, claro. Cómo han cambiado las cosas. Resulta que, cuando parecía que habíamos entendido de qué iba todo, que si el universo, que si los átomos, que si la conexión ADSL, que si los experimentos con cepas de gripe aviar… después de todos estos caballos de Troya que nos soltaban con cuentagotas en los noticiarios, la grey de simios recién bajados del árbol, que apenas ha aprendido a limpiarse el culo con hojas de cocotero y utilizar su recién adquirido IPad, todavía cree en milagros y pantomimas. Y es que la fe mueve montañas y la dinamita las pulveriza.

Personalmente creo que los científicos debería de estar agradecidos a la superstición que subyace en las costumbres y comportamientos de la población en general. Y es que, sin lugar a dudas, se han convertido en uno de nuestros nuevos tótems sagrados, ante el que postrarse y aceptar remedios y soluciones que apenas entendemos. El médico, por ejemplo, ha heredado el simbolismo del curandero y su profesión; acudimos a él y nos sometemos, además de llamarle: doctor o doctora, según el caso. Voy a robarle la idea a un buen amigo mío; propongo que todos los médicos de cabecera sean sustituidos por ordenadores personales o teleoperadores, al fin y al cabo, su trabajo es exactamente igual. ¿Le duele la cabeza? Sí. ¿Garganta irritada? No. ¿Malestar general? Sí. Diagnóstico: gripe. Siguiente.

Ya lo ven, se pueden sustituir los médicos por ordenadores y sencillos programas de diagnóstico. El único problema es que nos sentimos más seguros si es un tipo con bigote el que nos receta la amoxicilina, alguien al que llamar doctor con tono grave y del que esperamos agite a nuestro alrededor un bastón mágico que expulsará el demonio que nos hace estornudar. Mal que le pese a los científicos, todavía somos una especie joven y supersticiosa, miramos a las estrellas, a las profundidades del planeta y soñamos con terrores imposibles nacidos del semen de entidades supranaturales. Es hermoso, triste y verdadero. Aunque no lo creamos, pero es así.

Quizá en un futuro, en un par de milenios más… Tal vez dentro de cinco mil años, el ser humano se deshaga de su herencia animal, de sus instintos supersticiosos, de su pasado de cuevas y peligros, pero por el momento no es así. Y, por una parte, así espero que continúe.

Es cierto que la ciencia no puede explicarlo todo, nunca lo hará, porque la pregunta siempre antecede a la respuesta, y el hombre nació para interrogar a la vida. Es la raíz del arte, de la locura creativa que yo, como artista, debo defender a capa y espada. Lo irracional es el motor de nuestro comportamiento, de nuestras relaciones. Nos movemos por instinto, dando la espalda a la consciencia, empujados por nuestras minusvalías afectivas, por nuestras enfermedades mentales. Sí, los científicos también. Y es que el suconsciente es el motor de nuestro día a día, de cada acción que emprendemos. La repulsa ante una comida, un hábito, un color, una raza, una conducta, el hombre que elegimos para casarnos y tener hijos, o la mujer que no podemos encontrar de ninguna manera; todo es consecuencia de nuestra parte irracional.

Yo, por mi parte, me tengo por un cínico, porque soy tan crédulo como escéptico. Y todo con tal de discutir y mantenerme en mis trece, en mi pequeño rincón de justificaciones ontogénicas, tan sencillas como un tortazo bienintencionado. Pienso, a veces sin hacerlo hasta verme acorralado, que resulta un tanto estúpido negar la existencia de cualquier cosa y someterla al método científico desde que la física experimental se dedicó a penetrar los terrenos de lo posible o no. Cuando el relativismo da un golpe de autoridad sobre la mesa y muestra sus cartas, resulta que nada es lo que parece, o lo que creímos, y que, al fin y al cabo, tampoco resultaba tan importante. Los fantasmas no existen, pero se puede morir de miedo a los fantasmas. El vudú es una superchería, pero cientos de personas caen en la sugestión de su magia. ¿Dónde está la barrera entre lo real y lo ficticio? ¿No es la percepción lo que determina el resultado final? Tal vez por eso prefiero creer, porque creer es poder. Creer que se puede creer. Aunque no crea en muchas cosas, creo en el poder de la creencia, en los falsos ídolos en torno a los que todavía bailamos, en la arrolladora fuerza de la fe, en la determinación de lo imaginable. Ser un crédulo —con la razón y la lógica de la mano— es más saludable que ser un escéptico, abre las posibilidades y mantiene despierta la imaginación. Creer que cualquier cosa es posible, porque, ¿acaso no lo es? Si existen infinitos universos, ¿no resulta mejor creer que aquello que incluso no nos atrevemos a soñar, existe en alguna otra parte? Y, después de todo. ¿qué más da lo que unos crean o injurien si nuestra vida es breve y nos desvaneceremos como chispazos en la oscuridad?

En estos casos caóticos suelo alinearme con Pascal —ultracatólico que solía cartearse con Tolstoi y al que me acerco de puntillas y por detrás—, que decía algo como: entre creer y no hacerlo siempre resulta más saludable hacerlo, ¿qué puedes perder si resulta que estabas equivocado?

Por eso sé que, en algún lugar, existe un Dios con cabeza de lagarto, que sobrevuela su palacio construido sobre un loto violaceo y toca un instrumento en una melodía interminable y tediosa. ¿Porqué no? Al fin y al cabo, es parte de mi condición.

El artículo de El país que originó este desvarío: aquí.

El escritor hambriento (carta abierta a Lucía Etxebarría)

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La verdad es un plato que se sirve frío. Se sienta uno a la mesa, tal que lo haría Buster Keaton, toma la sopera con ambas manos, y se arroja por encima el puchero que había guardado para las ocasiones especiales. Hay cosas que salen solas, sin proponérselo, como sorber los fideos o escribir, escribir también. Quizá es por eso que los artistas siempre hemos sido pobres, gañanes de la vida efímera, profesionales de los bolsillos rotos. No es por hacer apología de la crucifixión, es porque, ciertamente, el arte no alimenta.
Manifestarse a las puertas del congreso y pedir una profesión digna y reconocida es, de todas todas, un esperpento. No hablemos de soñar con un sueldo digno. Tan respetados en petit comité y tan olvidados a la hora de repartir beneficios. Nómina de escritor, retenciones de escritor, pensión de escritor. Suena bastante ridículo. Y quizá algunos digan: ya está el típico resentido con los superventas. Pues no. Porque mientras lo superventas se siguen quejando de lo poco que ganan, los otros, todos los otros, siguen luchando para sacar adelante familia, trabajo y literatura. Unos encumbrados, otros condenados a los malabares; separados por unos cuantos miles de ejemplares vendidos; relegados al vagón de cola, a lo profundo del pozo. Y mientras unos cobran, y mucho, otros pagan por publicar y se empeñan para sentir el vértigo del mundillo literario, aunque sea sólo un poco, un orgasmo descafeinado. Así es que el mercado nos separa, el marketing nos discrimina, la crítica nos ataca y el público no nos conoce.
¿Desde cuándo existen los artistas millonarios? ¿Cuándo se convirtieron en referencia para miles de imitadores insomnes? Vivir de escribir, escribir y mal vivir. Una vez conocí a un escritor que esperaba la gran idea que le daría un best seller; la epifanía nunca llegó. Cuánto daño han hecho los suplementos literarios de la prensa dominical.
Existe una burbuja literaria. No es como la inmobiliaria, es mucho peor. La una dejó en paro a cuatro millones de españoles, la otra los dejará sin cultura. La señora Etxebarría se queja de que escribe y no cobra. Y, durante un momentáneo fallo en su normal funcionamiento cardio-vascular, amenaza con dejar de escribir. Sin embargo, lo peligroso no es que los mejores vendidos dejen de escribir, sino que lo hagamos todos los otros. Diez o doce escritores de primera línea en huelga de brazos caídos, o lo que sea, no supone una pérdida considerable a la cultura, sobretodo después de comprobar la alineación de la selección nacional. Lo digo con total convencimiento; el daño ya está hecho. Porque la literatura, y el arte en general, está perdiendo grandes talentos. Gente que, además de conciliar su vida personal con la laboral y la literaria para, con suerte, comenzar una carrera, publicar una primera novela, sacar adelante unos relatos, etc… Además de luchar contra los inconvenientes económicos, los pagos a destiempo de las editoriales, las tiradas cortas, famélicas, la promoción escasa, el vacío de los medios y el escepticismo general. Además de todo esto, debe luchar contra esa imagen del escritor millonario, famoso, el glamour y la dentera de sus entrevistas en El dominical. Los falsos mitos de progreso son el principal motivo de fracaso. Son becerros de oro alrededor de los que danza una mentira, la nuestra, la del mercado que nos gobierna.
Esta es una profesión digna. Pero, ¿cuándo estuvo la dignidad en el dinero?

Vivir del cuento

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El otro día vi un documental —no se puede llamar reportaje porque si no los que saben de esto se enfadan— en que unos pobres indígenas chilenos extraían, sin protección alguna, azufre incandescente que manaba de la roca rota en la falda de un volcán. También hay gente que malvive en las salinas o que muere a bastonazos en las factorías de diamantes al aire libre. Cosas así te hacen sentir un miserable; no nos engañemos, ese es su propósito, que uno se sienta tan mal que cambie de canal o que prometa no volver a consumir azufre en lo que le queda de vida aunque no sepa cuáles son las farmacéuticas que se lo esnifan. Así, cuando uno llega el lunes al trabajo, tras los comentarios jocosos o malhumorados, bañados en café y analgésicos, piensa, aunque no lo piense, que peor están los pobres negritos. Es uno de los grandes axiomas del capitalismo: mal de muchos, consuelo de tontos.
Y los tontos, que nos consolamos de lunes a viernes como si la cosa fuese a solucionarse con un golpe de suerte, con una quiniela de quince, un boleto de lotería premiado, un maletín lleno de dinero. Nosotros, los tontos, pensamos que trabajar es necesario, que algo hay que hacer, que gracias a Dios tengo trabajo, que en estos tiempos ya es suficiente, que no nos pase nada y, por si acaso, que nos pillen confesados.
Sin embargo, los tipos como yo —que además de tonto voy de listo—, los escapistas, que dedicamos parte de nuestro tiempo a ensayar los mejores y más peligrosos trucos de contorsionismo, presos en cadenas hipotecarias, alérgicos a lo conveniente, misántropos por coherencia moral; esos, los artistas, nos quejamos —o por lo menos yo lo hago— ante la obligación de un despertador y una lobotomía de ocho horas a cambio de unas pocas monedas de sal.
Antes de que el lector piense que el aquí escribiente es un vago y un espabilado, que lo es, debo poner como ejemplo y espejo un libro publicado a finales del año pasado por la editorial Impedimenta. Recurrir a un libro es un buen truco; da seriedad a los planteamientos propios; de otra forma siempre puede sacarse a relucir la manida frase: los científicos han dicho…
Sea como fuere, compré el libro de Impedimenta: Trabajos forzados, los otros oficios de los escritores. Lo hice con la intención de buscar consuelo en las rocambolescas penurias de aquellos que me precedieron y sobrevivieron. No puedo negar que el efecto fue inmediato. Imaginar a Gorki de estibador o a Orwell fregando platos calmó lo que Vargas Llosa define “la solitaria del escritor”. Mal de otros consuelo de tontos. Si Kafka sobrevivió a su penosa vida laboral —aunque en realidad no lo hizo—, yo también puedo hacerlo.
Después de leer biografías y anécdotas, chascarrillos y rumores, de esos tipos que robaban, tiempo o patatas en los mercados, para continuar escribiendo, hace que uno no se sienta tan solo. Y es que resulta difícil hacerse entender cuando uno no piensa más que en escribir. Ellos, los escritores, también pasaron por el hastío cotidiano, la mentira de pretender ser como los demás. Dar la espalda a las ideas que surgen durante el almuerzo, rebuscar servilletas de papel para garabatear unas líneas, guardar las ocurrencias hasta llegar a casa. Italo Svevo huía de cualquier asomo de novela para evitar caer en las redes de la literatura y su obsesión irremediable. Huir de la literatura, vestir la máscara de los otros, repudiar lo inevitable. ¿Es posible renunciar a lo esencial de uno mismo en pos de la integración en la tribu?
Yo no quiero trabajar, es algo que siempre he tenido claro. No es que no sepa hacer otras cosas lejos de mi teclado, es que no quiero. Me resulta aburrido, vacuo, inútil, y me siento abúlico, inerte, blando. Releer estas vidas atribuladas, complicadas, que bordean la mendicidad, moral y económica, en pos de una santidad creativa, me hacen sentir mejor, más cerca de mi realidad. Y lo real es aquello que queda escrito al final del día.
Jack London arponeó ballenas en el círculo polar ártico y masacró focas durante cien días, además de muchas otras profesiones que apenas tenían relación unas con otras. Pero las cosas no vienen solas y, cuando vendió su primera novela, le ofrecieron un puesto en una oficina de correos. ¿No puedo incorporarme más adelante?, preguntó. No, fue la respuesta. Y, contra toda recomendación de la cordura económica, renunció al empleo para dedicarse a la escritura.
Hay gente que se echa las manos a la cabeza cuando les digo que, hace cinco años, renuncié a un contrato indefinido en una empresa que no pagaba mal y con un buen horario. Después escribí la que sería mi primera novela publicada. Antes había pasado por la cola del paro, por la cocina de un McDonalds, por la escoba del barrendero, por almacenes polvorientos, por furgonetas de reparto, por basureros nocturnos, por oficinas asépticas, por fábricas automatizadas, por bosques y parques naturales como vigilante forestal. Siempre escribiendo a ratos libres, en lugares incómodos, dando conversaciones robadas a los compañeros de trabajo, vistiendo el uniforme de lo conveniente, pareciendo tanto o más vulgar que cualquier otro. Ahora, en enero de 2012 trabajo como leñador. Talo pinos. Mis manos han encallecido. La piel se me ha vuelto dura, quizá como una armadura triste que no protege del agotamiento cuando cae la noche. Uno se desespera al no encontrar la concentración, las horas justas, las palabras que se escurren como el sudor entre el cejo prieto. Todos los días veo al sol emerger del mar Mediterráneo y pienso que en unos meses regresaré al paro, a las historias pendientes, a la literatura, a la vida verdadera. Lo que venga después no importa, nunca lo ha hecho.

Lunes, 9 de Enero de 2012. Desde mi nueva oficina.



Música para una novela.

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Pronto, muy pronto...


Cincuenta y cinco minutos de música instrumental inspirada en la saga Leyenda de una era. Compuesta y arreglada por el propio autor, Guillem López.
Hay historias cuyo eco llega más allá de la página escrita.

El mensaje navideño del rey

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Ha pasado un año y toca mirar atrás, descubrirse las huellas y las burlas de la sombra. En doce meses pasan muchas cosas y ninguna, y todo parece seguir su habitual y predecible devenir en el transcurso de lo inesperado. Desde lo pretérito de la profesión me encuentro que, por aquella época escribía como si no hubiese mañana, como si tuviese una apuesta con el diablo; una apuesta que andaba perdiendo. Ha sido un año duro, pero, como me recuerdo cada domingo por la mañana: a más dura la batalla, más dulce la victoria. Así fue que hace un año daba el último empujón a Dueños del destino, mi segunda novela. Recorría un camino pedregoso, de esos que, a veces, se pierde entre la maleza de las inseguridades y temores. ¿Es sano padecer de las mismas enfermedades que corrompen el mundo exterior? Las dudas son el peor enemigo de un novelista, sobretodo si se lleva entre manos una saga tan ambiciosa como la mía. Siente, si los sentimientos son ese frío y viscoso tentáculo que te agarra los pies en las noches invernales, que no puede fallar, que hay una deuda de sangre con los lectores. La sangre nos une, al fin y al cabo, los salpicones y las heridas de mi infancia, que yo escupo a las páginas y que otros leen en algún lugar.

En ese sentido, escribí, y lo hice bien. La novela salió a la luz en octubre y termina el año como la más vendida de la editorial este último mes. Mejoré, todavía no sé cómo o cuándo, pero mejoré. A día de hoy soy mejor escritor y eso cumple uno de mis deseos de año nuevo, ser mejor, como hombre y como narrador. La prueba de ello es que, además de Dueños del destino, puedo decir que casi todo lo que escribí este año fue publicado. Dos relatos en sendas antologías y un cuento infantil con el que colaboré en la antología Ilusionaria, a beneficio de los niños ucranianos que pasan sus vacaciones en Fuenteobejuna. También participaré en la Antología de Steampunk española con uno de mis mejores relatos hasta el momento, Tuercas y tornillos. Para terminar, estoy cerca de poner el punto final a mi próxima novela, un experimento literario de altos vuelos. Ha sido, con mucho, mi mejor año en lo profesional, y preveo un año nuevo repleto de trabajo y letras.

Sin embargo, al despegar la vista del ombligo, me encuentro un mundo convulso, en crisis. Me cuesta pronosticar nada bueno para el año que viene. Los malos presagios me pesan como una losa sobre la conciencia. El evidente golpe de estado de lo financiero sobre lo político despierta mis sospechas y, sin pretenderlo, no puedo más que vestir la máscara de la suspicacia y la desconfianza. El nuevo orden mueve sus fichas y se prepara para dar razones a conspiranoides e iluminados; el día en que todo comience descubriremos que hacía tiempo empezó todo. Así es, no somos más que cifras; la estadística se volvió sociología. ¿Cuándo perdimos la voluntad? ¿Cuándo renunciamos a ser seres humanos con una vida propia, libres? Quizá ha llegado el momento de vivir la distopía con la que tanto fantaseamos las tardes de borrachera. Es el año de la guerra silenciosa y el frente de batalla está a los pies de uno, cada mañana, al madrugar para ser otro, empujado a la amnesia por decreto.

Por eso quiero pedir dos cosas. No creáis a los que os dicen que tenéis un deseo, tenéis tantos como son necesarios, no hay que elegir, sed ambiciosos cuando se trate de la vida y la felicidad. Sé que es tiempo de dar, de entregar sin esperar nada a cambio, pero también hay que aprender a recibir antes de intentar ayudar. No se puede salvar al naufrago si no se aprende a nadar antes. Así que, mi promesa y petición es doble. Por una parte quiero continuar mejorando, ser mejor persona, librarme de las peligrosas maneras occidentales, volver a ser niño, regresar a lo que perdí la mañana en que un profesor me llamó payaso, ser yo mismo si eso es posible en este universo, alcanzar lo inalcanzable. Y que eso me sirva a la hora de escribir, de buscar el tuétano de la vida y arañar la superficie de lo que nos hace humanos y divinos.

Mi segundo deseo, irremediablemente, va unido al primero. Quiero un mundo mejor, algo que se pueda llamar utópico sin avergonzarse. Un lugar con gente de corazón y mente sana, sin miedo, sin violencia. Rezaré porque así sea. Y aportaré lo mejor que tengo, yo mismo y mi actitud.

Felices fiestas a todos y un próspero año nuevo.

Dos más dos, cinco.

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De nuevo a vuelto a ocurrir. Parece con la salida a la venta de Dueños del destino, se ha reactivado la presencia de La guerra por el norte y las reseñas de ambas novelas aparecen cogidas de la mano, como buenas hermanas. La segunda edición de La guerra por el norte, continúa viva, y tan viva; lleva dos meses entre los diez más vendidos de la editorial Grupo Ajec. Dueños del destino ha sido el libro más vendido durante el mes de Noviembre y todavía tiene cuerda para tiempo.
Hoy os dejo la reseña de Dueños del destino aparecida en el blog de Sergio Mars. Uno de los mejores análisis que se puede encontrar por ahí. A pesar de aprobar con nota, resulta gratificante encontrar reseñas como las de Sergio, minuciosas, detalladas, de las que suelo tomar nota para ajustar la maquinaria de precisión que es Leyenda de una era.

Click en la imagen para ir a la reseña

Y por otra parte, una estupendísima reseña en una de las más prolíficas páginas de crítica en torno al fantástico: Desde Nueva York, Crónicas literarias. En esta ocasión me ponen al frente de la denominada "Nueva literatura fantástica española". La guerra por el norte sigue viva, conquistando lectores a golpe de página.


Click en la imagen para ir a la reseña

Bueno, espero pronto ampliar esta lista de lectores satisfechos que crece y crece.

Reseñas y más.

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En estos días pasados ha aparecido una nueva reseña de mi novela Dueños del destino. En esta ocasión en el blog Sobre literatura fantástica, por obra y gracia de Pilar Alberdi, a la que agradezco desde aquí sus valiosas aportaciones y halagos.



Por otra parte, el pasado día uno de Diciembre, salió a la venta la antología Crónicas de la Marca, Vol. II, en la que participo con pequeño relato en la que exploro la tragicomedia, desde mi peculiar punto de vista y sin renunciar a mi estilo.




Y eso es todo, amigos!

Reciclaje y los gatos de Roma

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Últimamente ando tan atareado que, para actualizar el blog me descubro tirando de antiguos artículos publicados o descartados. Y, ¿qué nos enseña eso? Pues que nunca se debe descartar nada. Guardad los borradores, las notas, las ideas garabateadas en papeles arrugados, porque nunca se sabe cuando os sacarán de un apuro. Valga como ejemplo yo mismo. Utilizo un artículo que escribí hace más de seis años y que ya publiqué en su momento. Y me quedo más ancho que largo.
Luego decís que no os enseño nada.

Roma es un gato.

Hace poco tiempo visité de nuevo Roma, la ciudad eterna. Me gusta Italia y me gusta Roma. Y eso que yo soy de los que las ciudades grandes le saben a óxido y las aglomeraciones le parecen un tumor maligno. Sí, me gusta Roma por sus rincones y porque hay romanticismo en las piedras, pisadas y pateadas por gente que, como yo, busca en el pasado quizá una respuesta, quizá una pregunta. Pero las cosas resultan no ser tan complicadas, la sencillez reaparece de forma ordinaria y esfuma todo destello romántico y lo convierte en poesía de la buena, la que se camufla de esputo, fogonazo y mamporro.

Las piedras de Roma están bañadas en el recuerdo de emperadores y los orines de gato. Los callejones saben a vino rancio, a lluvia, semen, sudor de mendigo, historia caduca, falsa nostalgia y excusa para fascistas. Los ojos de los adolescentes carteristas del metro se parecen peligrosamente a los de Augusto. Roma mira al turista con un gesto extraño, como si no fuera suyo, como si fuera un espejo.

Julio César murió a los pies de la escalinata del templo D (eso ponía en la guía). Vaya nombre de mierda para un lugar tan magnífico e importante, se piensa. Pero en lo que cuesta hinchar el pecho de aire contaminado y asentir satisfecho, casi orgulloso, como si fuese cosa tuya esas cuatro columnas de doce metros, resulta que ves un gato lamiéndose la entrepierna en el mismo lugar en que el Imperator expiró su último suspiro. Julio Cesar muere y un gato (un gato gordo, regordo) se lame la entrepierna; una asociación tan rápida como un pestañeo.

Sí, aquí murió el Cesar
Los gatos de Roma son obesos y padecen de colesterol y triglicéridos, y también de una falta de fe espantosa. Los gatos de Roma están acostumbrados a tanto turista, a sus grititos de asombro, los destellos de las cámaras fotográficas y a los “esto es impresionante, magnífico, fastuoso, qué construcciones”, al “somos parte de la historia.” Y ellos ponen cara de escépticos, de abúlicos, y se pasean entre columnas para dejarse caer al sol escaso de la ciudad.

Es lo que tienen los animales, que devuelven las cosas a su sitio, y al final las estatuas son sólo eso, piedras manchadas de cagadas de paloma que nosotros nos esforzamos por limpiar, como si la memoria de todos esos emperadores muertos, de conquistadores y asesinos, se ensuciase, cuando en su lugar ya no existe. A nadie le importa la memoria de Julio Cesar, su asesinato en las escalinatas del templo D, sus mentiras en la Guerra de las Galias, sus escrúpulos en la política. El Cesar se revuelve en su tumba y con el paso de los milenios quedan las obras de arte, el esfuerzo y el sudor de esclavos y genios matemáticos, y las meadas de los gatos escépticos que se chupan el sexo con empeño. Todo vuelve a su lugar, excepto Roma, que siempre será eterna.

Reseña por la izquierda. Reseña por la derecha. ¡Carambola de reseñas!

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Dos reseñas más que tienen un significado muy especial. Por una parte, la última crítica a La guerra por el norte, que dieciocho meses después de su publicación sigue acumulando elogios y buenas palabras. Teniendo en cuenta la fugacidad del mercado editorial, os aseguro que es de agradecer, y mucho, que la novela de uno todavía ande dando que hablar por ahí. En este ocasión, es el blog literario Nudo y desenlace quien se hace cargo de la reseña.

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Por otra parte, Fernando Martínez reseña Dueños del destino para la página Anika entre libros. ¿Por qué es tan importante? Pues porque siempre resulta un honor ser criticado por alguien con tantas tablas en lo literario y, además, pasar el examen con nota. Y también, por supuesto, porque esta es la primera reseña de Dueños del destino. No puedo negar que la ansiedad me mordía las orillas de los pantalones mientras esperaba, sin esperar, falsamente indiferente, las primeras palabras que recibiría mi nueva novela. Y es que he puesto tanta carne en el asador con este libro, tanto esfuerzo y tiempo y fe, que todavía temía estar engañado con el resultado final. Sin embargo, Dueños del destino ya camina sólo, y son unos primeros pasos llenos de seguridad y aplomo.

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Es un gran principio, si es que alguna vez existió algo así y mereció tal nombre.

La guerra por el norte en Ebook

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A todos aquellos que visitáis este blog desde los U.S.A, México, Argentina, Chile, Venezuela o Colombia, os recuerdo que podéis adquirir La guerra por el norte, segunda edición, en formato pdf o Epub sin DRM, por tan sólo tres euros con setenta y cinco céntimos, lo que vienen a ser unos cinco dólares americanos. Al alcance de vuestro lector digital por muy poco.


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Y me olvidaba la gente de Rusia, Alemania, Países bajos y demás...

Gracias por pasar! Y bienvenidos a la aventura!!

29ª Hispacón de Mislata. Una crónica.

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El pasado 12 y 13 de Noviembre se celebró en Mislata, Valencia, la 29ª Hispacón/Imagicón, en la que nos reunimos casi todos —casi parece mucho, pero es que casi, casi...— los que nos dedicamos a esto de fantasear con las letras y los lápices, y aquellos que se dedican a poner ojos y orejas a lo que escribimos y decimos.
Como sabéis, fui para allá con demasiados compromisos bajo el brazo y el buen propósito de dedicar unas palabras a todos aquellos que veo mucho menos de lo deseado y que sé que se encuentran embarcados en proyectos literarios, o no, y que merecen toda mi admiración y respeto.
Desayunando, autores y aficionados
Para empezar, como viene siendo habitual, nos encontramos un buen puñado en el bar más cercano. Por fin conocí al escritor valenciano Javier Pellicer, que acaba de firmar su próxima novela con la editorial Paimés. Muchos éxitos para él desde aquí. También allí mantuve mi acostumbrada y necesaria charla con Jesús Cañadas, un escritor al que no me canso de lanzar elogios y pronosticar un gran futuro. Y así pasamos un buen rato, en la terraza del bar, charlando, comentando el estado del coso y el tendido, preparando un día que se presentaba intenso como poco.
Comencé mi periplo de una sala a otra en el salón de actos, presentando la antología Descubriendo nuevos mundos, publicada por la organización del evento, y en la que colaboro con mi relato: La alargada sombra de Pieter bondadoso.

En la mesa de presentación de Descubriendo nuevos mundos

Tras la primera toma de contacto con los aficionados —tengo que decir que en los pasillos de la Casa de la Sendra se respiraba un gran ambiente—, me dejé caer por la presentación de la novela de Jordi Biosca. El tablero de Yidana es una de esas novelas de las que oyes hablar tiempo antes de que se publiquen. Afortunadamente conozco a Jordi desde hace tiempo y contaremos con él y su obra durante Fantasti’cs11, las jornadas literarias de Castellón.
Con algunos de los autores de Crónicas e Iván Mourín
A partir de aquí cambié de sala y participé en la presentación de la antología Crónicas de la Marca Vol.2. Compartí mesa con Victor Morata, Ivan Mourín, Javier Pellicer y Elena Monteagud, además de Cristóbal Sánchez, uno de los desarrolladores del juego de rol más exitoso publicado en España y que todavía tiene mucho que decir en su periplo editorial. Iván Mourín resultó un maravilloso maestro de ceremonias con sus preguntas y apreciaciones sobre los relatos. Sin embargo, a pesar de la buena compañía, tuve que marchar a la presentación de mi próxima novela: Dueños del destino.
Presentar una novela como Dueños del destino podría parecer complicado, pero en realidad, se presenta por sí misma. La asistencia de público, notoria. Así que hablamos de genealogía, de personajes, de la creación literaria de larga distancia que supone un trabajo así y, de paso, alguna anécdota con la que encontré durante la fase de producción. Eternamente agradecido a todos los que pasaron.
Con Aída Albiar y su hijo
En las convenciones uno explota al máximo el don de la multiplicidad. Charla, interroga, se interesa y alaba el trabajo de compañeros y amigos a los que apenas ve un par de veces al año. Todos tienen un proyecto publicado, alguna cosilla pendiente o entre manos, y una bala en la recámara o as en la manga, dependiendo de lo belicoso del tema. Y con esto me traigo, como viene siendo costumbre en mí, la mejor enseñanza de convenciones y congresos: y es que el tren no se detiene. Uno puede subirse de un brinco, sin pensarlo demasiado, porque la máquina no aminora la marcha y todos, cada uno, se rompe los huesos y devana los sesos por escribir y robar horas al sueño. Carpe noctem, dicen los escritores…
Así, tras la comida de rigor, las conversaciones y chascarrillos malintencionados, los planes susurrados, conspiraciones creativas a la sombra del café y la copa, llegó la hora de dar mi charla sobre Star Wars y el budismo zen.
Para no faltar al canon del artista despistado, llegué tarde a mi propia conferencia. Apenas diez minutos, lo suficiente para no dar tiempo a la duda, los nervios, el temor o la cobardía. Para ser mi primera charla la cosa fue bastante bien. Y debo recordar que mi deriva hacia el arquetipo del anacoreta misántropo suele convertir estos momentos en una auténtica tortura. A pesar de todo, la sala se llenó, con gente en pie al fondo de la habitación, incluso a mi alrededor o en la puerta. Al final, aplausos e incluso algunos se acercaron a saludarme y comentar algunas incidencias de la charla o mi punto de vista.
Siento, de veras, no haber podido dedicar todo el tiempo que debería a la mayoría de vosotros. Apenas unas palabras con la mayoría que dejan buenas conversaciones en el tintero de lo obligado. Continuará en Fantasti’cs 2011, donde nos encontraremos unos pocos.
Me traje buenas amistades, grandes sensaciones, y las baterías de la motivación cargadas para seguir mejorando en este oficio del juntaletras, que elegí por una deuda a la sinceridad personal.
 

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