El
movimiento escéptico sale a la palestra para defender las buenas costumbres de
la ciencia y enfrentarse a agoreros y falsos profetas de la adivinación y la
superchería. Afortunadamente, en los tiempos que corren, siempre hay alguien
dispuesto a salvarnos de la ignorancia, de la estupidez congénita o de las
llamas eternas. El movimiento, que no gusta llamarse movimiento aunque se
mueve, recoge firmas y planta cara a las reuniones de pseudocientíficos,
charlas sobre homeopatía, psicomagia, chamanismo, videncia y demás palabrejas
que caben en el cajón desastre de los pobres crédulos supersticiosos. Y es que
los pseudocientíficos —disculpad que utilice tanto esta palabra, pero es que me
resulta especialmente grotesca y malsonante— se habían colado en las universidades,
dando por válidos muchos de sus no-validados planteamientos y consiguiendo
créditos de libre configuración en asignaturas tales como: radiestesia o
constelaciones familiares.

Antes
de pasar a la polémica, debo decir que mal están las cosas si los científicos
deben defenderse ante el intrusismo profesional de hechiceros y demás
cantamañanas. Especialmente en un país cuyos ministros juran su cargo sobre un
libro sagrado bajo el crucifijo en que fue sacrificado el hijo de Dios, el
único y verdadero, claro. Cómo han cambiado las cosas. Resulta que, cuando
parecía que habíamos entendido de qué iba todo, que si el universo, que si los
átomos, que si la conexión ADSL, que si los experimentos con cepas de gripe
aviar… después de todos estos caballos de Troya que nos soltaban con
cuentagotas en los noticiarios, la grey de simios recién bajados del árbol, que
apenas ha aprendido a limpiarse el culo con hojas de cocotero y utilizar su
recién adquirido IPad, todavía cree en milagros y pantomimas. Y es que la fe
mueve montañas y la dinamita las pulveriza.
Personalmente
creo que los científicos debería de estar agradecidos a la superstición que
subyace en las costumbres y comportamientos de la población en general. Y es
que, sin lugar a dudas, se han convertido en uno de nuestros nuevos tótems
sagrados, ante el que postrarse y aceptar remedios y soluciones que apenas
entendemos. El médico, por ejemplo, ha heredado el simbolismo del curandero y
su profesión; acudimos a él y nos sometemos, además de llamarle: doctor o
doctora, según el caso. Voy a robarle la idea a un buen amigo mío; propongo que
todos los médicos de cabecera sean sustituidos por ordenadores personales o
teleoperadores, al fin y al cabo, su trabajo es exactamente igual. ¿Le duele la
cabeza? Sí. ¿Garganta irritada? No. ¿Malestar general? Sí. Diagnóstico: gripe.
Siguiente.
Ya
lo ven, se pueden sustituir los médicos por ordenadores y sencillos programas
de diagnóstico. El único problema es que nos sentimos más seguros si es un tipo
con bigote el que nos receta la amoxicilina, alguien al que llamar doctor con
tono grave y del que esperamos agite a nuestro alrededor un bastón mágico que
expulsará el demonio que nos hace estornudar. Mal que le pese a los
científicos, todavía somos una especie joven y supersticiosa, miramos a las
estrellas, a las profundidades del planeta y soñamos con terrores imposibles
nacidos del semen de entidades supranaturales. Es hermoso, triste y verdadero.
Aunque no lo creamos, pero es así.
Quizá
en un futuro, en un par de milenios más… Tal vez dentro de cinco mil años, el
ser humano se deshaga de su herencia animal, de sus instintos supersticiosos,
de su pasado de cuevas y peligros, pero por el momento no es así. Y, por una
parte, así espero que continúe.
Es
cierto que la ciencia no puede explicarlo todo, nunca lo hará, porque la
pregunta siempre antecede a la respuesta, y el hombre nació para interrogar a
la vida. Es la raíz del arte, de la locura creativa que yo, como artista, debo
defender a capa y espada. Lo irracional es el motor de nuestro comportamiento,
de nuestras relaciones. Nos movemos por instinto, dando la espalda a la
consciencia, empujados por nuestras minusvalías afectivas, por nuestras
enfermedades mentales. Sí, los científicos también. Y es que el suconsciente es
el motor de nuestro día a día, de cada acción que emprendemos. La repulsa ante
una comida, un hábito, un color, una raza, una conducta, el hombre que elegimos
para casarnos y tener hijos, o la mujer que no podemos encontrar de ninguna
manera; todo es consecuencia de nuestra parte irracional.
Yo,
por mi parte, me tengo por un cínico, porque soy tan crédulo como escéptico. Y
todo con tal de discutir y mantenerme en mis trece, en mi pequeño rincón de
justificaciones ontogénicas, tan sencillas como un tortazo bienintencionado.
Pienso, a veces sin hacerlo hasta verme acorralado, que resulta un tanto
estúpido negar la existencia de cualquier cosa y someterla al método científico
desde que la física experimental se dedicó a penetrar los terrenos de lo
posible o no. Cuando el relativismo da un golpe de autoridad sobre la mesa y
muestra sus cartas, resulta que nada es lo que parece, o lo que creímos, y que,
al fin y al cabo, tampoco resultaba tan importante. Los fantasmas no existen,
pero se puede morir de miedo a los fantasmas. El vudú es una superchería, pero
cientos de personas caen en la sugestión de su magia. ¿Dónde está la barrera
entre lo real y lo ficticio? ¿No es la percepción lo que determina el resultado
final? Tal vez por eso prefiero creer, porque creer es poder. Creer que se
puede creer. Aunque no crea en muchas cosas, creo en el poder de la creencia,
en los falsos ídolos en torno a los que todavía bailamos, en la arrolladora
fuerza de la fe, en la determinación de lo imaginable. Ser un crédulo —con la
razón y la lógica de la mano— es más saludable que ser un escéptico, abre las
posibilidades y mantiene despierta la imaginación. Creer que cualquier cosa es
posible, porque, ¿acaso no lo es? Si existen infinitos universos, ¿no resulta
mejor creer que aquello que incluso no nos atrevemos a soñar, existe en alguna
otra parte? Y, después de todo. ¿qué más da lo que unos crean o injurien si
nuestra vida es breve y nos desvaneceremos como chispazos en la oscuridad?
En
estos casos caóticos suelo alinearme con Pascal —ultracatólico que solía
cartearse con Tolstoi y al que me acerco de puntillas y por detrás—, que decía
algo como: entre creer y no hacerlo siempre resulta más saludable hacerlo, ¿qué
puedes perder si resulta que estabas equivocado?
Por
eso sé que, en algún lugar, existe un Dios con cabeza de lagarto, que
sobrevuela su palacio construido sobre un loto violaceo y toca un instrumento
en una melodía interminable y tediosa. ¿Porqué no? Al fin y al cabo, es parte
de mi condición.
El artículo de El país que originó este desvarío: aquí.